
La culpa de verme de esta guisa, espada en mano y aguardando el posible fin de mi vida nació hace veintidós primaveras. Cerca de mi se encuentra, vestida totalmente de negro, y en brazos de su dueña yace desmayada perdido totalmente el conocimiento ante tan desmesurado trance. Tal situación resultaba colosalmente extraña, pero por más que intenté entrar en razón con mi contrincante mi esfuerzo resultó inútil. Es más, a mayor empeño por mi parte peor respuesta por la suya. Dos días hace ahora cuando casi sin darme cuenta le encontré frente a mí retándome con la intención de mantener su honor y otorgándome la posibilidad de elegir armas. Puesto que estoy narrando esta desventura, el avispado lector deducirá que resulté con vida de semejante negocio, más no voy a quitarle el gusto de contarle el devenir del mismo, puesto que aunque no más intrigante que el propio duelo, sí presentan tremenda curiosidad los motivos que lo ocasionaron.
Leonor era el nombre de la criatura y se cruzó en mi vida durante la celebración del cumpleaños de una amiga común. Por cierto, que celebra el cumpleaños pero nunca dice la cifra. En mi cuenta particular, esta señora tiene cinco años más que el día en que la conocí. Decía que la encantadora Leonor irrumpió en mi vida, hasta el momento magníficamente ordinaria y sin sobresaltos, presentándose como Condesa de Gilmor, condado que, todo sea dicho, no me sonaba en absoluto, pero del que no podía dudar de su existencia al encontrarse en tierras muy lejanas y desconocidas por mi persona. La joven condesa tenía una agradable conversación pero además de esto disponía de un objetivo, contraer matrimonio lo antes posible. Ese era el deseo de sus padres y de este modo también lo entendía ella misma, encontrándose preparada para formar familia y colmar su vida con varios hijos herederos todos de la casa Gilmor así como de todas sus tierras y demás pomposidades.
No llevábamos poco más de dos minutos cuando me comunicó su gran admiración por mi vida. Había escuchado por medio de amigos mi gran pasión por los largos viajes, y comenzó a enumerarme mis destinos con tal exactitud que talmente podría haber sido discreta compañera de los mismos y no percatarme de su presencia. Dijo compartir esa misma afición, dijo que dos personas que comparten esa misma inquietud deberían permanecer juntas e inseparables para siempre, con un horizonte común de kilómetros por delante a recorrer y un mar de lugares recorridos a la espalda sobre los que hablar y comparar. En ese preciso instante debí manifestar mi conformidad con ella y excusar mi retira a casa para atender importantes asuntos, pero en lugar de eso, asentí y pronuncié las terribles palabras:
- Sí, tiene usted toda la razón.
Mediante esta frase, Leonor interpretó cierto tipo de declaración formal de matrimonio nacida desde mi boca y sucumbió a un leve primer desmayo que ciertamente nos asustó a todos los presentes. Debido a mis conocimientos de medicina, obtenidos a lo largo de los años de viajes y estudio, enrollé mi chaqueta para que resultara a los efectos una pequeña almohada, acomodé su cabeza sobre la misma y me apresuré a desabrochar su blusa mientras la sostenía en mis brazos en busca de aire fresco que le devolviera rápidamente el sentido. Mi maniobra surtió el efecto deseado. Leonor abrió los ojos y encontró mi cara junto a la suya a la búsqueda de cualquier tipo de reacción. A todo esto, el corro formado alrededor de la víctima era digno de mención. Perfectamente escalonados y posicionados, todo el mundo disponía de una visión perfecta de lo sucedido en lo que resultaba una improvisada arquitectura de anfiteatro humano. Ya casi recuperada, con los ojos casi totalmente abiertos, acertó a pronunciar lo que yo esperaba que fuesen unos leves susurros que por cosas de la naturaleza de las cuerdas vocales se convirtió en un claro y sonoro,
- ¡Sí, quiero!...
Horror por mi parte. Tremenda expectación por la de todos los presentes y nuevo y dramático desmayo de Leonor en mis brazos que casi más estaban a ceder su energía a socorrer mi garganta mientras por primera vez en mi vida me quedé sin habla. Mi silencio fue interpretado como una confirmación del despropósito y el aplauso fue largo y generalizado. Todos los argumentos asomaban a mi cabeza sin encontrar camino al habla. Ni yo me he declarado a esta joven, ni la conozco de nada y mucho menos he confirmado ningún tipo de relación con ella. Pero lo que en mi mente sonaba sólido y contundente, a mis oídos eran todo felicitaciones y buenas aventuranzas. Incluso las peores lenguas realizaron cálculos que predecían que el enlace no podría retrasarse con total seguridad poco más de nueve meses.
Acertaron por fin a retirarme a Leonor del pecho obteniendo todo el protagonismo. La recostaron en un bonito diván de la terraza en la que nos encontrábamos y las mismas malas lenguas le palparon el vientre a modo de escáner táctil a la espera de encontrar nuevas exclusivas sobre las que desmontar mi reputación e inocencia.
Todo eran delicadezas, cuidados y lisonjas.
- Cuidado al moverla en su estado - decía algún inconsciente.
- No le deis Coñac, que está embarazada - añadía otro sujeto.
- Pues casi no se le nota. - Anunció el siguiente. Y así se contagiaron todos del engañoso frenesí añadiendo cada uno su opinión al mismo y alguna que otra sentencia.
Continuaba yo perplejo ante tan extraña situación, tanto, que me descubrí pellizcándome los muslos por si me encontrara dormido o durmiendo en el mejor de los casos. Pero la realizad era palpable y mis muslos también y mi esfuerzo acabó en un agudo dolor llevando a la realidad que no era otra que la irrealidad misma que tenía ante mis ojos.
En cuestión de segundos el inmenso grupo se dividió entre defensores y no de la moralidad de la situación. Y mientras mi única esperanza era la vuelta a la consciencia de mi falsa amada para aclararlo todo, mi vi sometido a tremendos juicios de opinión sobre mi supuesto comportamiento. ¿El más duro? El del padre de Leonor, que no dudó en asestarme un golpe en la cara con su guante mientras juraba que no le temblaría el brazo al dar muerte al padre de su nieto, si no aceptaba hacerme cargo de inmediato de tan esperpéntica situación. A todo esto Leonor pareció volver en sí durante unos segundos, los suficientes para recaer en un tercer desmayo que la liberaba de toda carga y me dejaba a mi aún en peor situación.
Me vi eligiendo espada, por evitar un disparo fortuito que acertase en el blanco, y acompañado por mis padrinos además de mi médico personal acudí puntual, como es mi costumbre, a la cita la madrugada siguiente. Nadie informó a Leonor sobre el pensamiento generalizado de su embarazo. Así de equivocada, Leonor acudió con el único conocimiento de que su padre defendía su honor ante mi negativa a casarme inmediatamente después de aceptar el mismo trato. En innumerables ocasiones intenté explicarle a mi supuesta amada el desagradable infortunio, más no obtuve ningún éxito por mi parte excepto el de provocar más desmayos en su persona, que válgame Dios si he conocido en mi vida, persona más sensible a este tipo de acometidas, pues resultaba ciertamente preocupante, al margen todo lo este tipo de sucesos.
Así que como he mencionado con anterioridad, de negro riguroso y apenas teniéndose en pié asistió a lo que sin ninguna duda en su cabeza debería suceder, que no era otra cosa que la de ver como esa mañana habría de perder a un marido o a un padre.
Estaba finalmente en posición el Conde de Gilmor y yo mismo cuando casi sin previo aviso asestó con toda intención tal golpe sobre mi cabeza que de no haber sido rápido en mi maniobra al apartarme, tened por seguro que la habría perdido. Continuaron a este golpe por lo menos diez seguidos a los que yo respondí con otros diez pasos hacia atrás mientras torpemente interponía mi espada a la suya. Ante esta furiosa acometida, la violencia de los movimientos y sonidos de los sables al entrar en contacto, los padrinos contuvieron la respiración, los curiosos palidecieron y Leonor volvió a perder el conocimiento. Nuevo ataque del conde ante el que volví a defenderme, casi siempre en retirada y dando por seguro de que el espectáculo de mi cobardía debería parecer lamentable incluso a los pocos que en esos momentos estuvieran de mi lado. Con tal fuerza golpeaba mi enemigo, con tanta ansia avanzaba, del tal magnitud y decisión eran sus empujes que en uno de esos lances y casi llevándome por delante vino a rodar a mis pies con tal virulencia e infortunio que pude escuchar su cara golpearse contra las piedras, el chasquido de su sable al partirse contra el suelo y la rasgadura de sus ropas al rodar sobre el pavimento, que por más que me parecía ver aquella acción en cámara lenta, bien estuvo rodando por espacio de quince o veinte segundos. Acertó al final a levantarse dejando ver los dientes bañados en sangre, las vestimentas rotas y llenas de polvo así como algún que otro rasguño que a primera vista no parecía grave. En ese preciso momento abrió algo los ojos Leonor, que al ver a su padre desarmado y de esta guisa, sin duda creyó estaba a punto de recibir muerte a mis manos y volvió a lo que yo empecé a pensar era su estado natural, que no era otro que el de la permanente inconsciencia. Suplicaba el conde que le muriera, los padrinos que tuviera piedad, el servicio de Leonor llenaba sus ojos de lágrimas y yo arrojando la espada al suelo pedí asistencia de mis padrinos y me dirigí a casa pensando en mandar por carta toda la explicación a este malentendido para que el quisiera leerla y entenderla.
Hoy hace ya nueve meses de este suceso y he recibido una extraña invitación al bautizo del nacimiento del heredero de la casa de Gilmor, hijo de la excelentísima señora la Condesa Leonor de Gilmor y Don Francisco de Vergara. Estaño suceso y caprichosa la fecha del alumbramiento. He dado inmediatamente orden a mi servicio de que manden una amable disculpa por encontrarme en lejanos parajes por tiempo indefinido.
Quedo a su entera disposición.
Federico de Álberden y Caltymore. Barón de Verulam


