jueves, 24 de mayo de 2007

Batirse en duelo por amor.



La culpa de verme de esta guisa, espada en mano y aguardando el posible fin de mi vida nació hace veintidós primaveras. Cerca de mi se encuentra, vestida totalmente de negro, y en brazos de su dueña yace desmayada perdido totalmente el conocimiento ante tan desmesurado trance. Tal situación resultaba colosalmente extraña, pero por más que intenté entrar en razón con mi contrincante mi esfuerzo resultó inútil. Es más, a mayor empeño por mi parte peor respuesta por la suya. Dos días hace ahora cuando casi sin darme cuenta le encontré frente a mí retándome con la intención de mantener su honor y otorgándome la posibilidad de elegir armas. Puesto que estoy narrando esta desventura, el avispado lector deducirá que resulté con vida de semejante negocio, más no voy a quitarle el gusto de contarle el devenir del mismo, puesto que aunque no más intrigante que el propio duelo, sí presentan tremenda curiosidad los motivos que lo ocasionaron.

Leonor era el nombre de la criatura y se cruzó en mi vida durante la celebración del cumpleaños de una amiga común. Por cierto, que celebra el cumpleaños pero nunca dice la cifra. En mi cuenta particular, esta señora tiene cinco años más que el día en que la conocí. Decía que la encantadora Leonor irrumpió en mi vida, hasta el momento magníficamente ordinaria y sin sobresaltos, presentándose como Condesa de Gilmor, condado que, todo sea dicho, no me sonaba en absoluto, pero del que no podía dudar de su existencia al encontrarse en tierras muy lejanas y desconocidas por mi persona. La joven condesa tenía una agradable conversación pero además de esto disponía de un objetivo, contraer matrimonio lo antes posible. Ese era el deseo de sus padres y de este modo también lo entendía ella misma, encontrándose preparada para formar familia y colmar su vida con varios hijos herederos todos de la casa Gilmor así como de todas sus tierras y demás pomposidades.

No llevábamos poco más de dos minutos cuando me comunicó su gran admiración por mi vida. Había escuchado por medio de amigos mi gran pasión por los largos viajes, y comenzó a enumerarme mis destinos con tal exactitud que talmente podría haber sido discreta compañera de los mismos y no percatarme de su presencia. Dijo compartir esa misma afición, dijo que dos personas que comparten esa misma inquietud deberían permanecer juntas e inseparables para siempre, con un horizonte común de kilómetros por delante a recorrer y un mar de lugares recorridos a la espalda sobre los que hablar y comparar. En ese preciso instante debí manifestar mi conformidad con ella y excusar mi retira a casa para atender importantes asuntos, pero en lugar de eso, asentí y pronuncié las terribles palabras:

- Sí, tiene usted toda la razón.

Mediante esta frase, Leonor interpretó cierto tipo de declaración formal de matrimonio nacida desde mi boca y sucumbió a un leve primer desmayo que ciertamente nos asustó a todos los presentes. Debido a mis conocimientos de medicina, obtenidos a lo largo de los años de viajes y estudio, enrollé mi chaqueta para que resultara a los efectos una pequeña almohada, acomodé su cabeza sobre la misma y me apresuré a desabrochar su blusa mientras la sostenía en mis brazos en busca de aire fresco que le devolviera rápidamente el sentido. Mi maniobra surtió el efecto deseado. Leonor abrió los ojos y encontró mi cara junto a la suya a la búsqueda de cualquier tipo de reacción. A todo esto, el corro formado alrededor de la víctima era digno de mención. Perfectamente escalonados y posicionados, todo el mundo disponía de una visión perfecta de lo sucedido en lo que resultaba una improvisada arquitectura de anfiteatro humano. Ya casi recuperada, con los ojos casi totalmente abiertos, acertó a pronunciar lo que yo esperaba que fuesen unos leves susurros que por cosas de la naturaleza de las cuerdas vocales se convirtió en un claro y sonoro,

- ¡Sí, quiero!...

Horror por mi parte. Tremenda expectación por la de todos los presentes y nuevo y dramático desmayo de Leonor en mis brazos que casi más estaban a ceder su energía a socorrer mi garganta mientras por primera vez en mi vida me quedé sin habla. Mi silencio fue interpretado como una confirmación del despropósito y el aplauso fue largo y generalizado. Todos los argumentos asomaban a mi cabeza sin encontrar camino al habla. Ni yo me he declarado a esta joven, ni la conozco de nada y mucho menos he confirmado ningún tipo de relación con ella. Pero lo que en mi mente sonaba sólido y contundente, a mis oídos eran todo felicitaciones y buenas aventuranzas. Incluso las peores lenguas realizaron cálculos que predecían que el enlace no podría retrasarse con total seguridad poco más de nueve meses.

Acertaron por fin a retirarme a Leonor del pecho obteniendo todo el protagonismo. La recostaron en un bonito diván de la terraza en la que nos encontrábamos y las mismas malas lenguas le palparon el vientre a modo de escáner táctil a la espera de encontrar nuevas exclusivas sobre las que desmontar mi reputación e inocencia.

Todo eran delicadezas, cuidados y lisonjas.

- Cuidado al moverla en su estado - decía algún inconsciente.

- No le deis Coñac, que está embarazada - añadía otro sujeto.

- Pues casi no se le nota. - Anunció el siguiente. Y así se contagiaron todos del engañoso frenesí añadiendo cada uno su opinión al mismo y alguna que otra sentencia.

Continuaba yo perplejo ante tan extraña situación, tanto, que me descubrí pellizcándome los muslos por si me encontrara dormido o durmiendo en el mejor de los casos. Pero la realizad era palpable y mis muslos también y mi esfuerzo acabó en un agudo dolor llevando a la realidad que no era otra que la irrealidad misma que tenía ante mis ojos.

En cuestión de segundos el inmenso grupo se dividió entre defensores y no de la moralidad de la situación. Y mientras mi única esperanza era la vuelta a la consciencia de mi falsa amada para aclararlo todo, mi vi sometido a tremendos juicios de opinión sobre mi supuesto comportamiento. ¿El más duro? El del padre de Leonor, que no dudó en asestarme un golpe en la cara con su guante mientras juraba que no le temblaría el brazo al dar muerte al padre de su nieto, si no aceptaba hacerme cargo de inmediato de tan esperpéntica situación. A todo esto Leonor pareció volver en sí durante unos segundos, los suficientes para recaer en un tercer desmayo que la liberaba de toda carga y me dejaba a mi aún en peor situación.

Me vi eligiendo espada, por evitar un disparo fortuito que acertase en el blanco, y acompañado por mis padrinos además de mi médico personal acudí puntual, como es mi costumbre, a la cita la madrugada siguiente. Nadie informó a Leonor sobre el pensamiento generalizado de su embarazo. Así de equivocada, Leonor acudió con el único conocimiento de que su padre defendía su honor ante mi negativa a casarme inmediatamente después de aceptar el mismo trato. En innumerables ocasiones intenté explicarle a mi supuesta amada el desagradable infortunio, más no obtuve ningún éxito por mi parte excepto el de provocar más desmayos en su persona, que válgame Dios si he conocido en mi vida, persona más sensible a este tipo de acometidas, pues resultaba ciertamente preocupante, al margen todo lo este tipo de sucesos.

Así que como he mencionado con anterioridad, de negro riguroso y apenas teniéndose en pié asistió a lo que sin ninguna duda en su cabeza debería suceder, que no era otra cosa que la de ver como esa mañana habría de perder a un marido o a un padre.

Estaba finalmente en posición el Conde de Gilmor y yo mismo cuando casi sin previo aviso asestó con toda intención tal golpe sobre mi cabeza que de no haber sido rápido en mi maniobra al apartarme, tened por seguro que la habría perdido. Continuaron a este golpe por lo menos diez seguidos a los que yo respondí con otros diez pasos hacia atrás mientras torpemente interponía mi espada a la suya. Ante esta furiosa acometida, la violencia de los movimientos y sonidos de los sables al entrar en contacto, los padrinos contuvieron la respiración, los curiosos palidecieron y Leonor volvió a perder el conocimiento. Nuevo ataque del conde ante el que volví a defenderme, casi siempre en retirada y dando por seguro de que el espectáculo de mi cobardía debería parecer lamentable incluso a los pocos que en esos momentos estuvieran de mi lado. Con tal fuerza golpeaba mi enemigo, con tanta ansia avanzaba, del tal magnitud y decisión eran sus empujes que en uno de esos lances y casi llevándome por delante vino a rodar a mis pies con tal virulencia e infortunio que pude escuchar su cara golpearse contra las piedras, el chasquido de su sable al partirse contra el suelo y la rasgadura de sus ropas al rodar sobre el pavimento, que por más que me parecía ver aquella acción en cámara lenta, bien estuvo rodando por espacio de quince o veinte segundos. Acertó al final a levantarse dejando ver los dientes bañados en sangre, las vestimentas rotas y llenas de polvo así como algún que otro rasguño que a primera vista no parecía grave. En ese preciso momento abrió algo los ojos Leonor, que al ver a su padre desarmado y de esta guisa, sin duda creyó estaba a punto de recibir muerte a mis manos y volvió a lo que yo empecé a pensar era su estado natural, que no era otro que el de la permanente inconsciencia. Suplicaba el conde que le muriera, los padrinos que tuviera piedad, el servicio de Leonor llenaba sus ojos de lágrimas y yo arrojando la espada al suelo pedí asistencia de mis padrinos y me dirigí a casa pensando en mandar por carta toda la explicación a este malentendido para que el quisiera leerla y entenderla.

Hoy hace ya nueve meses de este suceso y he recibido una extraña invitación al bautizo del nacimiento del heredero de la casa de Gilmor, hijo de la excelentísima señora la Condesa Leonor de Gilmor y Don Francisco de Vergara. Estaño suceso y caprichosa la fecha del alumbramiento. He dado inmediatamente orden a mi servicio de que manden una amable disculpa por encontrarme en lejanos parajes por tiempo indefinido.

Quedo a su entera disposición.

Federico de Álberden y Caltymore. Barón de Verulam

Recuerdos en un tren.



Contestando a alguno de sus correos, les diré que efectivamente siempre que puedo viajo en ferrocarril. A pesar de que gracias a mi situación económica puedo permitirme disponer de la intimidad de un compartimiento privado, disfruto mucho más de conversar con otros pasajeros en los vagones restaurante y cafetería. El triste aniversario de las inundaciones en el sur de Asia, me recuerda un magnífico viaje que realicé por aquella zona. Lamentablemente estos lugares están pasando por espeluznantes sucesos, momentos que acentúan su dramatismo en mi memoria al recordar a tantas personas con las que compartí viaje y conocimientos.

Tuve la suerte de recorrer la costa oeste de Sumatra. Por cierto, durante todo el viaje no paró de caer nieve, algo poco habitual. Partí de la ciudad de Bengkulu hacia Padang para seguir después camino hasta Banda Aceh con la intención de navegar hasta las Islas Nicobar. Durante todo el viaje, en mi ventana, me acompañó la hermosa vista del archipiélago de Mentawai y sus Islas Pulau. Compañeros de trayecto eran un joven matrimonio a la espera de un bebé, que viajaban según me contaron hacia la casa de los padres de ella en busca, supongo, de calor, seguridad y experiencia. Todavía recuerdo la inmensa sonrisa que les acompañaba incluso cuando dormían. También fue testigo de este viaje otro extranjero que como yo, había terminado haciendo ese mismo trayecto llevado de la curiosidad y las costumbres de lugar.

Desgraciadamente esas tierras tampoco han sido ajenas a absurdos conflictos armados, fruto casi siempre de una apresurada falta de entendimiento y una confianza ciega en el poder de la razón argumentada con la fuerza de los fusiles. Era habitual encontrarse con artefactos que no habían sido detonados y que la población entregaba a las autoridades con la van esperanza de que perdieran su utilidad. Yo mismo había sido testigo de estas entregas durante mis paseos por la ciudad.

Conociendo estos detalles, me sentía realmente intrigado por un pesado objeto, envuelto en papel de periódico, que un pasajero llevaba sobre sus rodillas pocos asientos más allá. Sin quererlo transmití esa curiosidad a mi compañero de viaje. Mucho más indiscreto que yo, se aproximó al joven y sin ningún tacto le preguntó:

- ¿Qué es eso que lleva usted sobre las rodillas?

El joven contestó:

- Unos cartuchos de dinamita mojada que he encontrado en el camino. He pensado que debería llevarla a la policía...

Muy alterado por la noticia, el extranjero sin dejarle tiempo a continuar espetó:

- ¡Pero, hombre, por Dios! ¡Cómo se le ocurre a usted llevar semejante cosa sobre las rodillas!¡Póngala debajo de su asiento!

Todavía hoy no veo la diferencia, pero el hombre se quedó mucho más tranquilo. Me recordó a un tío lejano con el que solía navegar en canoa hace algún tiempo. En una de nuestras salidas descubrí con pavor un pequeño agujero por el que comenzó a entrar agua.

- ¡Nos hundimos! - grité.

Mi tío, como buen hombre de mundo supo tranquilizarme al momento.

- No te preocupes hijo mío. El agujero sólo está debajo de mi asiento.

Resulta absurdo ¿verdad?, pues en cierto modo me sosegó.

Regresemos a nuestro viaje, porque si extraño fue el anterior capítulo, más caprichoso resultó el siguiente. La joven en estado comenzó a sentirse mal. De poco sirvió que las cuentas marcaran dos semanas más para el nacimiento. La criatura decidió llegar a este mundo en ese preciso instante y así fue. Jamás me imaginé en tan delicada situación. Todo fue extraordinariamente rápido y natural. A los pocos minutos fuimos uno más. Se trataba de una niña bellísima. La atención primaria fue aportada por dos enfermeras que viajaban con nosotros mientras nos deteníamos en la siguiente estación para que madre e hija fueran atendidas debidamente. Por unos momentos todo resultó mágico. Cada uno de los viajeros se sintió partícipe del suceso y se deshacía en piropos y buenos deseos. Mientras bajaban al andén alguien preguntó:

- ¿Qué os gustaría que fuera cuando sea mayor?

El padre se detuvo y contestó:

- Tremendamente feliz.

Hoy tengo muy presente a aquella niña. Espero que esté bien. Desde aquí le mando todo apoyo y cariño de quien le vio nacer.

Federico de Álberden y Caltymore. Barón de Verulam

Una valiosa lección.



Es un placer volver a encontrarme con usted. He recibido muchas cartas que prometo ir contestando una a una, sin dilación alguna por mi parte, pero le ruego comprenda que necesito de tiempo y dedicación para cada una de ellas. Fue una buena decisión habilitar la casa del estanque para escribir mis colaboraciones. Aquí encuentro la paz y el sosiego necesarios para que mis vivencias regresen pausadas y sin atropello, que es como tienen que venir para reflexionar, disfrutar y obtener asumir su sabiduría.

Recuerdo que el castillo de mi familia quedaba muy lejos de cualquier escuela que mis padres aceptaran como buena para mi educación. Eso no impidió que me formase pero la falta de contacto con otras personas me llevó a viajar por todo el mundo en busca de asociar tacto, olor y visiones a tantos conocimientos almacenados desde la biblioteca con mis mentores. Fueron diecinueve. Números, letras, idiomas, filosofía, ciencia... hermosos recuerdos. Lejanos para abordarlos.

Siempre pensé que mi madre se excedió en la intensidad de mi formación. Como no tenía otra distracción mi cerebro reaccionó favorablemente al desbordamiento. Recuerdo perfectamente el día del comienzo de mi educación.

Mamá fue a visitar a un anciano que vivía no muy lejos del castillo. Le llamábamos Maestro. Si teníamos alguna duda, alguna preocupación, siempre encontraba la fórmula de mitigarla. Mi madre acudió a su presencia y le preguntó.

- Maestro ¿Cuándo debería iniciar la educación de mi hijo?

- ¿Cuántos años tiene el niño? - le preguntó el Maestro a su vez.

- Cinco.

- ¡Cinco! ¡Ve a tu castillo corriendo: vas con cinco años de retraso!

Aún hoy pienso que mi madre interpretó mal las palabras del anciano Maestro, eso solía ocurrir, entender al Maestro planteaba en ocasiones un enigma mayor al problema con el que acudías en su ayuda. Yo dejé de visitarle cuando comencé a tontear con chicas. Demasiadas preocupaciones dobles así que decidí simplificar y para ahorrar la mitad de los problemas dejé de ver al anciano. Todavía vive. En la actualidad no pasa una semana en la que no tome aguardiente a su lado y comentemos viajes e ideas. Me perdí mucho y lo estoy recuperando.

He aprendido mucho de mis viajes, pero he aprendido aún más de mis compañeros de vagón. Los trenes tienen algo especial y cuando se tienen doce horas por delante es delicioso intercambiar opiniones e información.

En una ocasión, viajé con un hombre extraordinario y del que aprendí una valiosa lección. Atravesamos un inmenso bosque. Escocia está lleno de ellos. Algunos juran que están "encantados" y tengo algunas historias que así parecen manifestarlo pero será en otra ocasión. Atravesamos un inmenso bosque, decía, y en un momento dado nos llegó un poderoso olor a quemado. El tren se detuvo lentamente hasta quedar en medio de un desolador espectáculo. Hasta donde nuestra vista alcanzaba todo era ceniza y dolor. Los árboles, esqueléticos, aparecían desprovistos de cobertura. Justo delante de nuestro tren, otro más pequeño estaba descargando semillas y abono para un centenar de hombres que desesperados habían comenzado a intentar repoblar la zona. Un revisor nos informó que permaneceríamos allí poco más de treinta minutos y que el vagón restaurante ofrecería un pequeño refrigerio para hacer más corta la espera. Uno de mis compañeros de viaje se quitó la chaqueta dejando ver unos preciosos tirantes y bajó para ayudar a plantar algunos árboles. Otro de mis compañeros, mientras cambiaba de bastón y sombrero para dirigirse al vagón restaurante, le dijo desde la ventana.

- ¡Los Cedros tardan dos mil años en crecer!

- Entonces debemos comenzar de inmediato. - contestó el improvisado jardinero.- ¡No hay ni un minuto que perder!

Aflojé el nudo de mi pajarita, me quité la chaqueta y conmovido bajé a colaborar. Más de veinte cedros llevan mi apellido en un profundo bosque de Escocia desde entonces.

Federico de Álberden y Caltymore. Barón de Verulam

Comenzaré por presentarme.



Mi nombre es Federico de Álberden y Caltymore. Barón de Verulam. Mi colaboración se debe a la amistad que me une al editor. Nos conocimos en un tren. En un viaje largo. Muy largo. Atravesamos Escocia e Inglaterra desde Oban hasta Brighton. Todavía me pregunto qué hacíamos los dos allí. Compartimos horas de charla en el vagón restaurante y desde esos días hemos mantenido asiduo contacto por carta y ahora gracias a la tecnología por Internet. Estoy contento, y prueba de la emoción que me causa esta nueva participación he ordenado habilitar en la casa del estanque, lugar que utilizo para leer, un estudio/despacho desde el que redactaré mis crónicas. El espíritu y la tranquilidad guiarán mi pluma.

Me informa mi gran amigo sobre la completa libertad de la que dispongo. Me limitaré pues a reflexionar sobre los temas que llamen mi atención. He mandado también que amplíen mis suscripciones de prensa al continente Sud-americano, centro de África y Oceanía. Tengo 63 en total. Prensa de todo el mundo y en 16 idiomas, que son los que domino sin la necesidad de mi traductor especializados en lenguas muertas. Las suscripciones llegan puntualmente a mi residencia y constituyen mi hemeroteca personal. Vivo sólo, rodeado de ocho personas que componen el servicio. Chofer, cocina, mantenimiento y ayuda de cámara. Dedico mi tiempo a viajar y profundizar en la biblioteca de mi residencia que tras nueve generaciones atesora ocultas en sus volúmenes grandes historias que esperan a ser descubiertas.

Les pido que no tomen al pie de la letra algunas de mis reflexiones pues son precisamente eso, mis reflexiones. En cierta ocasión conocí a un hombre en un viaje. Me confesó que era maestro desde hacía muchos años. Había escrito numerosos ensayos y me alegró mucho comprobar que alguno de ellos formaban parte de mis estanterías. Le comuniqué mi esta nueva andadura como cronista y la inquietud que me producía explicarme de forma correcta. Me comentó que eso era inevitable. Muchas personas no entienden lo que dicen los escritos, sino lo que ellos creen que dicen los escritos. Se recostó hacia atrás buscando una postura mas cómoda para sus huesos y como si de pronto le viniera a la mente ilustró su comentario con la siguiente parábola:

El herrero de un pueblo contrató a un aprendiz dispuesto a trabajar duro por poco dinero, y se puso a instruirlo:
"Cuando yo saque la pieza del fuego - le dijo - la pondré sobre el yunque; y cuando te haga una señal con la cabeza, golpéala con el martillo".
El aprendiz hizo exactamente lo que creía que le habían dicho, y al día siguiente se había convertido en el nuevo herrero del pueblo.

Quedo a su entera disposición.

Federico de Álberden y Caltymore. Barón de Verulam.