
Contestando a alguno de sus correos, les diré que efectivamente siempre que puedo viajo en ferrocarril. A pesar de que gracias a mi situación económica puedo permitirme disponer de la intimidad de un compartimiento privado, disfruto mucho más de conversar con otros pasajeros en los vagones restaurante y cafetería. El triste aniversario de las inundaciones en el sur de Asia, me recuerda un magnífico viaje que realicé por aquella zona. Lamentablemente estos lugares están pasando por espeluznantes sucesos, momentos que acentúan su dramatismo en mi memoria al recordar a tantas personas con las que compartí viaje y conocimientos.
Tuve la suerte de recorrer la costa oeste de Sumatra. Por cierto, durante todo el viaje no paró de caer nieve, algo poco habitual. Partí de la ciudad de Bengkulu hacia Padang para seguir después camino hasta Banda Aceh con la intención de navegar hasta las Islas Nicobar. Durante todo el viaje, en mi ventana, me acompañó la hermosa vista del archipiélago de Mentawai y sus Islas Pulau. Compañeros de trayecto eran un joven matrimonio a la espera de un bebé, que viajaban según me contaron hacia la casa de los padres de ella en busca, supongo, de calor, seguridad y experiencia. Todavía recuerdo la inmensa sonrisa que les acompañaba incluso cuando dormían. También fue testigo de este viaje otro extranjero que como yo, había terminado haciendo ese mismo trayecto llevado de la curiosidad y las costumbres de lugar.
Desgraciadamente esas tierras tampoco han sido ajenas a absurdos conflictos armados, fruto casi siempre de una apresurada falta de entendimiento y una confianza ciega en el poder de la razón argumentada con la fuerza de los fusiles. Era habitual encontrarse con artefactos que no habían sido detonados y que la población entregaba a las autoridades con la van esperanza de que perdieran su utilidad. Yo mismo había sido testigo de estas entregas durante mis paseos por la ciudad.
Conociendo estos detalles, me sentía realmente intrigado por un pesado objeto, envuelto en papel de periódico, que un pasajero llevaba sobre sus rodillas pocos asientos más allá. Sin quererlo transmití esa curiosidad a mi compañero de viaje. Mucho más indiscreto que yo, se aproximó al joven y sin ningún tacto le preguntó:
- ¿Qué es eso que lleva usted sobre las rodillas?
El joven contestó:
- Unos cartuchos de dinamita mojada que he encontrado en el camino. He pensado que debería llevarla a la policía...
Muy alterado por la noticia, el extranjero sin dejarle tiempo a continuar espetó:
- ¡Pero, hombre, por Dios! ¡Cómo se le ocurre a usted llevar semejante cosa sobre las rodillas!¡Póngala debajo de su asiento!
Todavía hoy no veo la diferencia, pero el hombre se quedó mucho más tranquilo. Me recordó a un tío lejano con el que solía navegar en canoa hace algún tiempo. En una de nuestras salidas descubrí con pavor un pequeño agujero por el que comenzó a entrar agua.
- ¡Nos hundimos! - grité.
Mi tío, como buen hombre de mundo supo tranquilizarme al momento.
- No te preocupes hijo mío. El agujero sólo está debajo de mi asiento.
Resulta absurdo ¿verdad?, pues en cierto modo me sosegó.
Regresemos a nuestro viaje, porque si extraño fue el anterior capítulo, más caprichoso resultó el siguiente. La joven en estado comenzó a sentirse mal. De poco sirvió que las cuentas marcaran dos semanas más para el nacimiento. La criatura decidió llegar a este mundo en ese preciso instante y así fue. Jamás me imaginé en tan delicada situación. Todo fue extraordinariamente rápido y natural. A los pocos minutos fuimos uno más. Se trataba de una niña bellísima. La atención primaria fue aportada por dos enfermeras que viajaban con nosotros mientras nos deteníamos en la siguiente estación para que madre e hija fueran atendidas debidamente. Por unos momentos todo resultó mágico. Cada uno de los viajeros se sintió partícipe del suceso y se deshacía en piropos y buenos deseos. Mientras bajaban al andén alguien preguntó:
- ¿Qué os gustaría que fuera cuando sea mayor?
El padre se detuvo y contestó:
- Tremendamente feliz.
Hoy tengo muy presente a aquella niña. Espero que esté bien. Desde aquí le mando todo apoyo y cariño de quien le vio nacer.
Federico de Álberden y Caltymore. Barón de Verulam
No hay comentarios:
Publicar un comentario