
Es un placer volver a encontrarme con usted. He recibido muchas cartas que prometo ir contestando una a una, sin dilación alguna por mi parte, pero le ruego comprenda que necesito de tiempo y dedicación para cada una de ellas. Fue una buena decisión habilitar la casa del estanque para escribir mis colaboraciones. Aquí encuentro la paz y el sosiego necesarios para que mis vivencias regresen pausadas y sin atropello, que es como tienen que venir para reflexionar, disfrutar y obtener asumir su sabiduría.
Recuerdo que el castillo de mi familia quedaba muy lejos de cualquier escuela que mis padres aceptaran como buena para mi educación. Eso no impidió que me formase pero la falta de contacto con otras personas me llevó a viajar por todo el mundo en busca de asociar tacto, olor y visiones a tantos conocimientos almacenados desde la biblioteca con mis mentores. Fueron diecinueve. Números, letras, idiomas, filosofía, ciencia... hermosos recuerdos. Lejanos para abordarlos.
Siempre pensé que mi madre se excedió en la intensidad de mi formación. Como no tenía otra distracción mi cerebro reaccionó favorablemente al desbordamiento. Recuerdo perfectamente el día del comienzo de mi educación.
Mamá fue a visitar a un anciano que vivía no muy lejos del castillo. Le llamábamos Maestro. Si teníamos alguna duda, alguna preocupación, siempre encontraba la fórmula de mitigarla. Mi madre acudió a su presencia y le preguntó.
- Maestro ¿Cuándo debería iniciar la educación de mi hijo?
- ¿Cuántos años tiene el niño? - le preguntó el Maestro a su vez.
- Cinco.
- ¡Cinco! ¡Ve a tu castillo corriendo: vas con cinco años de retraso!
Aún hoy pienso que mi madre interpretó mal las palabras del anciano Maestro, eso solía ocurrir, entender al Maestro planteaba en ocasiones un enigma mayor al problema con el que acudías en su ayuda. Yo dejé de visitarle cuando comencé a tontear con chicas. Demasiadas preocupaciones dobles así que decidí simplificar y para ahorrar la mitad de los problemas dejé de ver al anciano. Todavía vive. En la actualidad no pasa una semana en la que no tome aguardiente a su lado y comentemos viajes e ideas. Me perdí mucho y lo estoy recuperando.
He aprendido mucho de mis viajes, pero he aprendido aún más de mis compañeros de vagón. Los trenes tienen algo especial y cuando se tienen doce horas por delante es delicioso intercambiar opiniones e información.
En una ocasión, viajé con un hombre extraordinario y del que aprendí una valiosa lección. Atravesamos un inmenso bosque. Escocia está lleno de ellos. Algunos juran que están "encantados" y tengo algunas historias que así parecen manifestarlo pero será en otra ocasión. Atravesamos un inmenso bosque, decía, y en un momento dado nos llegó un poderoso olor a quemado. El tren se detuvo lentamente hasta quedar en medio de un desolador espectáculo. Hasta donde nuestra vista alcanzaba todo era ceniza y dolor. Los árboles, esqueléticos, aparecían desprovistos de cobertura. Justo delante de nuestro tren, otro más pequeño estaba descargando semillas y abono para un centenar de hombres que desesperados habían comenzado a intentar repoblar la zona. Un revisor nos informó que permaneceríamos allí poco más de treinta minutos y que el vagón restaurante ofrecería un pequeño refrigerio para hacer más corta la espera. Uno de mis compañeros de viaje se quitó la chaqueta dejando ver unos preciosos tirantes y bajó para ayudar a plantar algunos árboles. Otro de mis compañeros, mientras cambiaba de bastón y sombrero para dirigirse al vagón restaurante, le dijo desde la ventana.
- ¡Los Cedros tardan dos mil años en crecer!
- Entonces debemos comenzar de inmediato. - contestó el improvisado jardinero.- ¡No hay ni un minuto que perder!
Aflojé el nudo de mi pajarita, me quité la chaqueta y conmovido bajé a colaborar. Más de veinte cedros llevan mi apellido en un profundo bosque de Escocia desde entonces.
Federico de Álberden y Caltymore. Barón de Verulam
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